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Por Magdalena Vigneaux A.

 

Desde el 1 de octubre ya se encuentra en librerías Taguada, la nueva novela de Andrés Montero, editada por Sudamericana. En ella, el joven escritor chileno va tras las huellas del famoso contrapunto entre el mulato Taguada y don Javier de la Rosa (cuyas dos versiones fundamentales fueron publicadas por Ediciones Tácitas en 2016). Con el fin de determinar cuándo, dónde y cómo se produjo este contrapunto, el protagonista hace un viaje tanto en el tiempo –hacia el pasado– como en el espacio –hacia San Vicente de Tagua Tagua y sus alrededores–, en el que va entrevistando a diferentes personas que conocieron directa o indirectamente el encuentro entre el gañán y el hacendado. En otras palabras, recorre el mismo camino que ha seguido este duelo de payadores desde que aconteció hasta llegar a nuestros oídos, pero en el sentido contrario, es decir, desde el presente hasta 1830.

El texto se abre con dos epígrafes que sirven como clave de lectura para la historia que senarrará a continuación. El primero de ellos, de Abelardo Castillo, dice: «No importa que esto no haya ocurrido nunca. Lo que importaba era contarlo» y nos adelanta que, aunque no se pueda determinar si el contrapunto efectivamente ocurrió o no, este merece ser contado. El segundo, de Antonio Acevedo Hernández, señala: «Es Taguada un personaje de romance de infinito valor; es el más hermoso símbolo que posee nuestro pueblo» y así reafirma lo que ya podemos intuir desde el título: no hay una posición neutral frente al contrapunto, sino que se está a favor del mulato. Esta cita de Acevedo Hernández también nos anticipa que la novela explorará sobre los significados que se le han conferido a la figura de Taguada.

Mientras acompañamos al protagonista –un alter ego del propio Montero– en la búsqueda de las raíces de la leyenda de Taguada, vamos presenciando gran parte de lo que constituye la cultura popular nacional: el canto a lo humano y a lo divino, la lira popular, el velorio del angelito, el guitarrón chileno, las fondas del Arenal, las carreras a la chilena y, por supuesto, los payadores y su improvisación en décimas. Estos últimos elementos no solo son parte del argumento de la novela, sino también de su forma. Ya el índice, al empezar con un pie forzado y terminar con la despedida, evoca la estructura de la décima glosada, que es cuando los cuatro últimos versos de una décima actúan como pies forzados de las cuatro décimas siguientes, a la que se le agrega una quinta de despedida. Como se observa también en el índice, la primera y la tercera partes corresponden a una cuarteta; yla segunda, a los dos versos que hacen de transición entre estas dos cuartetas y que, junto con ellas, conforman una décima. Además, una vez sumergidos en el texto, vemos que las voces de los distintos entrevistados «van de coleo», pues la palabra con la que termina el testimonio de uno es con la que comienza el del siguiente, del mismo modo como los payadores empiezan su décima con el último verso usado por el que improvisó antes.

Taguada, asimismo, puede ser leída como una novela sobre el arte de contar historias, pues no hay que olvidar que Andrés Montero es también narrador oral. Si en Tony Ninguno (La Pollera, 2016) el autor había explorado las relaciones de este oficio con la literatura universal, al recuperar al personaje que es posiblemente la mayor de sus narradoras: Sherezade, en esta oportunidad investiga sus vínculos con la poesía popular chilena. ¿Qué tienen en común la narración en verso y la narración en prosa?¿Qué las diferencia?¿Hay alguna similitud entre la lira popular o el hecho de escribir décimas y el ejercicio que realiza Montero de escribir historias que provienen de la tradición oral?

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