lector felipe reyes

 

Por Ernesto González Barnert

 

Si de mí dependiera un curso de primer año de literatura universitaria, analizaríamos en cada clase cada una de éstas historias que juegan con el ensayo, la conjetura biográfica y la crítica. Crónicas en el más amplio registro de encuentros y desencuentros entre escritores fundamentales de Chile y del extranjero con los que el escritor Felipe Reyes (1977) arma un corpus arbitrario, un coto de caza, donde de fondo vemos la capa más superficial y la más profunda de la literatura en base a estos «animales literarios».

Ya en su trabajo Nascimento: editor de los chilenos se nos imponía como un autor ineludible, inteligente, sutil en tanto la arista para contar la historia del editor que es también la historia de la literatura chilena del siglo XX y sus escritores más relevantes.

Sin duda, como ensayista, en su amor por la literatura chilena, especialmente, logra con Un reflejo de agua movido por el viento imponerse como un autor central en estos días y que merece atención y lectura.

Es un autor que narra con soberbia, más allá de que discrepe de algunas conjeturas o acentos, un poco obvios, para la gallada como la mirada del personaje de Neruda omnipresente pero obviando al escritor.

Un librito breve, que retrata sus lecturas desde la pasión. Y siempre con espíritu lúdico, emotivo, sobrio y preciso.

Sí, se lo daría a un curso entero, porque este manojo de pequeñas historias por muy baladíes o anécdoticas que sean, son un trabajo de amor por la literatura profundo e indesmentible. Un libro que nos enseña a escribir y leer, la vida misma, a mirarnos y mirar estos animales de letras con habilidad y afición.

El oficio no es solitario, está lleno de fantasmas de carne y hueso, de hojas. Si de verdad te interesa la literatura este libro será un placer. Uno sale siendo un mejor escritor de su lectura. Es educación gratuita y de calidad sobre la vida, el oficio, la obseción literaria.

No dejen de leer estas pequeñas historias bien contadas que sirven de pretexto para conjeturar alrededor del misterio de la creación. Porque escribir no es un secreto, es un misterio. Porque la poesía –como diría Bonnefoy–, de estos relatos es más un acto que un escrito, un momento de la existencia en movimiento hacia su sentido.

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