De lo escrito en mi abanico –los haikús de la Senda de Oku de Matsuo Basho

(Editorial Noctámbula, Colección Omamori, 2019). Notas y Traducción de Marcela Chandía L.

 

Por Ernesto González Barnert*

 

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Me gusta que «De lo escrito en mi abanico» siga secretamente esa gran máxima de Arquiloco: «un gran libro, un gran error». Y se proponga reversionar los haikus contenidos en la Senda de Oku, ese viaje espiritual y poético que emprende Basho (1644-1694), en plena madurez de su oficio y vida, cercano al fin, en 1689. Y prescinda del cuerpo en un hecho arbitrario, pero sólido.

La Senda de Oku, por llamarlo de alguna manera, dado la dificultad que plantea desde su título sigue siendo en occidente un libro relativamente joven, más aún en castellano, muy poco conocido y valorado, con menos de 60 años desde que aparecieran las primeras traducciones en inglés o castellano con Octavio Paz empujando la primera traducción.

Como decía Saúl Bellow nuestro trabajo es hacer libros nuevos de libros viejos. Y en esa dirección va el trabajo de la traductora directa del japonés, secreta poeta, Marcela Chandía, que ya me había sorprendido con el hermoso trabajo de Cien poetas, un poema. Colección de Ogura (Editorial Cuarto Propio). Un libro no solo volcado al castellano sino que con acento chileno, no «hiperionano». Y lo hace con el atrevimiento y desparpajo de recoger solo los haikus de este clásico de clásicos. Por lo demás poemas generalmente de cierre en Las Sendas de Oku. Y también sigue en espíritu este libro al no solo recoger los haikús de Basho sino de sus acompañantes incluidos por el mismo Basho en este viaje de rock star de la época. Una estrella en vida de la poesía del japón, en un viaje de madurez, en el que se propone reflexionar a través del viaje en lo hondo de su quehacer, sospesar las últimas respuestas, confirmar su maestría en el oficio y la literatura de la época.

Las Sendas de Oku es ciertamente un recorrido y repaso del que es, fue y será Basho. Un poeta espejeándose en el paisaje, con su entorno y las tradiciones locales. Observando sagazmente y con ternura la realidad y la profundidad de las cosas y las costumbres, con tintes surrealistas, oníricos, de metaficción. Un testimonio tanto de lo humano y divino, poético y espiritual de su época y del japón a través de la propia experiencia, la observancia y la amistad.

 

Nuestro –me imagino– admirado Shiki Masaoka, con maldad y respeto, dice que el 80% de los haikús de Basho son descartables, sin claro, decirnos cuál. Sin duda, estos en la versión de Marcela Chandía son parte del 20%. Logran transmitirnos la seguridad y trabajo de Basho en sí mismo, su carácter poético, melancólico y contemplativo, ese fuego del que viene de vuelta, está en el centro de su sueño y lleva sobre sus hombros el peso de ser el campeón indiscutido de las letras de su época, el vate que llevó el haikú a un arte mayor y definitivo, con la ranita que salta al estanque.

Efectivamente, la traductora, capta la fuerza con que Basho carga en sus días la poesía y la tradición japonesa en sus hombros, es practicamente un clásico en vida y así y todo busca mantenerse bonzo, atento, en diálogo con sus aprendices sin jerarquía de por medio, generoso, tanto es así que les da espacio y presencia poética en su «viaje» y libro con voz propia.

Los haikus no siempre son un relámpago, siguen el ritmo de la respiración del libro. Unos son intensos como otros calman. Pero comparten la brevedad, un mundo de profunda emoción y lucidez filosofica. Así que no busquemos tanto leer Abanico… como una antología de sus más altas cumbres sino como la punta del iceberg de un recorrido vital en en tiempo, fuera del tiempo, que aún no es pertinente, en mi caso, crucial.

En las «Sendas», como en este libro de la maravillosa y reciente editorial Noctámbula enfocada en la literatura oriental, intuimos que el ritmo de la vida sabe ir y venir, va de lo profundo a lo ligero bajo el acento del paisaje que funciona como un decorado o reflejo del yo y lo que canta o calla el poeta. Estos haikús que parecen sencillos, no lo son en absoluto, apoyados en notas que nos expanden y dimensionan cada texto sin agotar su materia.

Por último quiero compartirles otra intuición sobre Basho, a propósito de este volumen y es que el autor japonés sabe que los haikús se corrigen, son el nuevo canto de la meritocracia y fusionan educación y divertimento–. Y esto Chandía bajo la edición de Mónica Drouilly Hurtado también lo recoge en espíritu. La dificultad tanto para el lector como traductor es que los haikús buscan ser alusivos a otras dos o tres verdades a pesar de su brevedad. Y que la poesía del haikú no enseña la verdad, pero ayuda a encontrarla y eso también lo ponen en juego con esta sagaz y hermosísima traducción, limpia, de anotaciones inteligentes y oportunas.

Basho –como los grandes escritores de cualquier época– le interesa una poesía que demuestre la fuerza de lo pequeño y lo modesto, su poder frente al soberbio, al orgulloso y la grandeza. Y también no se resta de escribir tanto para los perdedores como los ganadores. Aunque se consideraba un murciélago, para sí mismo, por no ser tan agraciado, distorsión que comparte con Kafka que vendría varios siglos después. Quizás ésto mismo es lo que lo empujaba a tomar el toro por las astas, comprender que la poesía es lo que ocurre aquí y ahora.

Cerremos este lujo de libro a precio módico para todo lo que implica. Un libro que nunca terminaremos de cerrar del todo, que se lee de tirón, que deja con ganas de leer más, de soñar con una recopilación mayor de haikús del nipón –con sus más de 2000 haikús que se conservan–. Y claro, recién ahí, a lo Shiki, elegir nuesto 20% a nuestro antojo, aunque corremos el peligro con Marcela Chandía de que ese porcentaje sea mucho, mucho mayor dada la maestría con que reflejo esta vida poética, al poeta querido por sus amigos y se atrevió a vivir despreocupadamente, más en el ocio que en el negocio, sin caprichos que lo cieguen, lejos de amos y tiranos que atajen su lengua. Un poeta de casi 50 años que no había perdido el coraje, esconde bien su sensualidad y sexualidad, no desdeña nada que pueda hacerlo grande.

Gracias Marcela Chandía por este excelente poemario de haikús que devuelve a la vida al maestro Basho. A la editorial Noctámbula por atreverse con una versión más leíble y accesible de uno de esos libros que son piedra angular de la poesía en cualquier época y lengua y darle un puntapié bajo la mesa a todos esos que creen que los haikus son intraducibles. Este volumen es una escuela de belleza, misterio y elegancia, en definitiva de eso que podríamos llamar el buen gusto. Y ya saben, me imagino, que el mal gusto conduce al crimen. Así que atesorenlo antes que sea una rara joya difícil de encontrar en el reino de Chile, o se conviertan en asesinos. Que tengan además un feliz We Tripantu este 2019.

 

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Ernesto González Barnert (Temuco, Chile, 1978). Ha obtenido por su obra poética el Premio Pablo Neruda de Poesía Joven 2018, Premio Consejo Nacional del Libro a Mejor Obra Inédita 2014, Premio Nacional Eduardo Anguita 2009, Premio de Honor Pablo Neruda de la U. de Valparaíso 2007, además de varias menciones y becas. Entre sus últimas publicaciones está: “Éramos estrellas, éramos música, éramos tiempo” (Mago Editores, 2018), la antología “Ningún hombre es una isla” (Buenos Aires Poetry, 2019), la reedición de “Playlist” en Chile (Plaza de Letras, 2019) y EEUU (Floricanto Press, 2019) y la obra reunida “Cinco mamuts en fila” (HD, Argentina, 2019). También es cineasta y productor cultural del Espacio Estravagario de la Fundación Pablo Neruda. Reside en Santiago.

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