lector pielago provincia de los suenos rotos

 

«Comenzar esta carta es difícil, más aún cuando se trata de una despedida y aunque me duele el alma es una contradicción, pues al mismo tiempo, la idea me produce una sensación liberadora, de alivio y paz».

Máximo Fernández Jaque, con Provincia de los Sueños Rotos, nos acerca a la realidad del Chile provincial y rural de los años setenta, ochenta y su cotidianidad. Nos enmarca en la relación laboral entre patrones y obreros, celebraciones religiosas, estructura social, la salud, los juegos, la escuela, las vacaciones y el servicio militar.

Máximo, retrata humanamente lo que se denominó: «Tragedia de Antuco» y nos sumerge en las realidades sociales, emocionales y psicológicas de sus protagonistas, antes de aquella fecha fatal.

No hay víctimas ni victimarios, solo seres humanos, cada uno cumpliendo el rol que le asignó la realidad de su tiempo y época, o simplemente las circunstancias. Sus acciones fueron fruto de lo que cargaban en su propia historia.

Provincia de los Sueños Rotos es una novela de la memoria, en donde los actores, protagonistas y hechos, a través del registro emotivo del recuerdo, regresan al presente.

Máximo Fernández Jaque nació en 1969, en Quilleco, comuna precordillerana de la Región del BioBio. Realizó sus estudios en su pueblo natal hasta el año 1987. Entre los años 1988 y 1989 es trasladado a la Región de Magallanes en el marco del Servicio Militar.

Es Ingeniero en Prevención de Riesgos (Universidad de Los Lagos) y su interés por la literatura se manifestó a muy temprana edad. Ya en el Liceo escribía con un interés y talento que se podría considerar precoz. Es casado, tiene una hija a la que adora y reside en Los Ángeles Chile, en donde continúa leyendo y escribiendo con gran pasión.

(Provincia de los sueños rotos, Piélago 2019)

Prensa Editorial Piélago

lector taguada andres montero

 

Por Magdalena Vigneaux A.

 

Desde el 1 de octubre ya se encuentra en librerías Taguada, la nueva novela de Andrés Montero, editada por Sudamericana. En ella, el joven escritor chileno va tras las huellas del famoso contrapunto entre el mulato Taguada y don Javier de la Rosa (cuyas dos versiones fundamentales fueron publicadas por Ediciones Tácitas en 2016). Con el fin de determinar cuándo, dónde y cómo se produjo este contrapunto, el protagonista hace un viaje tanto en el tiempo –hacia el pasado– como en el espacio –hacia San Vicente de Tagua Tagua y sus alrededores–, en el que va entrevistando a diferentes personas que conocieron directa o indirectamente el encuentro entre el gañán y el hacendado. En otras palabras, recorre el mismo camino que ha seguido este duelo de payadores desde que aconteció hasta llegar a nuestros oídos, pero en el sentido contrario, es decir, desde el presente hasta 1830.

El texto se abre con dos epígrafes que sirven como clave de lectura para la historia que senarrará a continuación. El primero de ellos, de Abelardo Castillo, dice: «No importa que esto no haya ocurrido nunca. Lo que importaba era contarlo» y nos adelanta que, aunque no se pueda determinar si el contrapunto efectivamente ocurrió o no, este merece ser contado. El segundo, de Antonio Acevedo Hernández, señala: «Es Taguada un personaje de romance de infinito valor; es el más hermoso símbolo que posee nuestro pueblo» y así reafirma lo que ya podemos intuir desde el título: no hay una posición neutral frente al contrapunto, sino que se está a favor del mulato. Esta cita de Acevedo Hernández también nos anticipa que la novela explorará sobre los significados que se le han conferido a la figura de Taguada.

Mientras acompañamos al protagonista –un alter ego del propio Montero– en la búsqueda de las raíces de la leyenda de Taguada, vamos presenciando gran parte de lo que constituye la cultura popular nacional: el canto a lo humano y a lo divino, la lira popular, el velorio del angelito, el guitarrón chileno, las fondas del Arenal, las carreras a la chilena y, por supuesto, los payadores y su improvisación en décimas. Estos últimos elementos no solo son parte del argumento de la novela, sino también de su forma. Ya el índice, al empezar con un pie forzado y terminar con la despedida, evoca la estructura de la décima glosada, que es cuando los cuatro últimos versos de una décima actúan como pies forzados de las cuatro décimas siguientes, a la que se le agrega una quinta de despedida. Como se observa también en el índice, la primera y la tercera partes corresponden a una cuarteta; yla segunda, a los dos versos que hacen de transición entre estas dos cuartetas y que, junto con ellas, conforman una décima. Además, una vez sumergidos en el texto, vemos que las voces de los distintos entrevistados «van de coleo», pues la palabra con la que termina el testimonio de uno es con la que comienza el del siguiente, del mismo modo como los payadores empiezan su décima con el último verso usado por el que improvisó antes.

Taguada, asimismo, puede ser leída como una novela sobre el arte de contar historias, pues no hay que olvidar que Andrés Montero es también narrador oral. Si en Tony Ninguno (La Pollera, 2016) el autor había explorado las relaciones de este oficio con la literatura universal, al recuperar al personaje que es posiblemente la mayor de sus narradoras: Sherezade, en esta oportunidad investiga sus vínculos con la poesía popular chilena. ¿Qué tienen en común la narración en verso y la narración en prosa?¿Qué las diferencia?¿Hay alguna similitud entre la lira popular o el hecho de escribir décimas y el ejercicio que realiza Montero de escribir historias que provienen de la tradición oral?

lector playlist portada

 

Por Álvaro Agurto Pincheira.

 

Plazadeletras ha puesto de nuevo en circulación, desde hace unas semanas, Playlist, de Ernesto González Barnert, en una edición bilingüe, con traducción a cargo de Jessica Sequeira.

Este carácter bilingüe, viene, a mi juicio, a hacer explícito un espíritu o gesto que el libro ha tenido desde un comienzo.

En primer lugar, por colocar en un mismo nivel y en una especie de colaboración, a dos disciplinas que no pocas veces se bombardean la una a la otra (no es raro ver a poetas resaltando las ventajas de la escritura por sobre el dominio de un instrumento, y a músicos haciendo el ejercicio inverso): las canciones, en esta ocasión, poniéndole play a las emociones, y estas dictando la poesía.

También, por barajar esta suerte de lado A y B de los momentos: En el A, su veta descriptiva; en el B, la interpretación que les asignamos, a través de la música que los inscribió en nuestro recorrido vital. Hay ahí una especie de relación destinatario-autor, en la que el primero aporta el momento, y el segundo, la canción que mejor lo interpreta: «Una parte de mi también quisiera abrazar el árbol/ y llorar sin estridencia como esa señora/ que seguro acaba de dejar diligente a sus hijos en el colegio./ Esta mañana quisiera llegar a sus oìdos con “LetIt Be”/ pero en la versión de Nick Cave»

Y, además,en un plano más personal del autor, por la presencia espiritual de su madre, fallecida por ese entonces, actuando como médium tanto del tono del poemario, como de la infinidad de canciones que construyeron esa relación madre-hijo, y que van decantando en una especie de biografía no lineal a través de las páginas.

Lenguas, caras de una moneda o lados de un cassette, que conversan un punto medio, como cuando el autor nos dice: «equilibro las aguas del bien y del mal/ Escuchando “I Touch, Myself” de Divinyls».

El libro estará disponible en el stand 2 de Plazadeletras en Primavera del Libro.

 

 

lector atentado final fernando saez

 

Por José Promis. (Artes y Letras, El Mercurio, domingo 22 de septiembre 2019)

 

La ingeniosa pregunta que según Hermógenes Pérez de Arce habría dicho el compositor chileno Acario Cotapos «¿ Por qué no vendemos Chile y compramos algo más chico cerca de París?» (citada con modificaciones) sirve como puerta de ingreso a Atentado Final de Fernando Sáez, una genial pesadilla narrativa que procede tanto de la novela distópica 1984, de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley y Farenheit 451 de Ray Bradbury, como de la ficción histórica «¿Qué hubiese pasado si...?» y de la que tres de sus ejemplos más conocidos son El Hombre en el Castillo, de Philip K. Dick, La Conjura contra América, de Philip Roth, y Patria de Robert Harris.

Atentado final es una novela de imaginación galopante que cuesta dejar de lado una vez que se inicia la lectura. Una voz narrativa adornada con buenas cuotas de humor negro, de ironía y de sarcasmo se encarga de conducir por un mundo atiborrado de imágenes sorprendentes, entre la que nos movemos entrando y saliendo alternativamente, y casi sin aliento desde la conciencia del narrador a la de los personajes principales. La historia comienza en las horas anteriores al atentado que contra su vida sufrió Augusto Pinochet en 1986. Mientras viaja en un auto blindado hacia su búnker en el Cajón del Maipo, un grupo de miembros del Frente Patriotico Manuel Rodriguez termina sus preparativos para emboscar al dictador cuando regrese a la capital una vez terminado el fin de semana. Pero a diferencia del fallido intento de asesinato que tuvo lugar en la vida real, el ataque tiene éxito absoluto en la novela de Fernando Sáez. Pinochet muere acribillado en medio de una balacera infernal gritando «¡Viva Chile!». Finalizada esta secuencia el narrador introduce una significativa información: los cuerpos de ocho voluntarios del Frente Manuel Rodríguez aparecen degollados, misterio que se conecta más adelante con el que comunica el fiscal Torres a los generales del estado mayor reunidos en medio del caos que domina en Santiago: «El cuerpo del Capitán General fue acribillado de frente , pero tienes varas entradas de bala por la espalda, lo que hace evidente la traición de gente de su escolta».

En sus inicios, pues, pareciera que el relato se ajustará al modelo de la novela de intriga y misterio. Sin embargo, los episodios que vienen a continuación demuestran que se trata de un oportuno recurso de despiste, de motivos ciegos que no se desarrollan porque su propósito es confundir la atención del lector para luego resaltar con mayor intensidad la historia narrativa que se iniciará páginas más adelante en medio de la confusión y desconcierto que ambos enigmas provocan en el ánimo de los generales que se han hecho cargo del gobierno. En la segunda parte del relato, la historia alternativa imaginada por Fernando Sáez se concentra en los planes del holding suizo SeaScope and Minerals, para comprar un país en crisis y reorganizarlo de acuerdo a sus intereses económicos. La precaria situación que vive Chile y su localización geográfica lo convierten en el candidato ideal para los propósitos del consorcio liderado por Arnold Schnitzer, su tenebroso presidente.

En uno de los primeros párrafos del texto, el narrador describe la escena donde Pinochet arriba a su fortaleza del Cajón del Maipo: «Los autos llegan finalmente frente a la casa y, como en una película de Hollywwood, espera en la puerta la generala rodeada de sus hijos y sus nietos, para darle la bienvenida al esposo, padre y abuelo, para que no olvide el amor familiar». La absorvente e irresistible historia que Fernando Sáez nos ofrece está inmersa en esta atmósfera hollywoodense donde figuras de carne y hueso que participaron en el golpe y el régimen militar, alternan con personajes ficticios, pero todos convertidos en guiñoles de una opereta tragicómica cuyo desenlace es la metáfora personal que el autor nos ofrece del Chile de nuestros días.

 

lector missak lom

 

Por Iván Martínez Berríos

 

Louis Dragère, un periodista que trabaja para el diario L'Humanité a mediados de la década de los 50 del siglo XX en Francia, realiza una crónica sobre las pandillas que pueblan París. El escenario de fondo es una ciudad amenazada por la crecida de los ríos que la cruzan, en medio de un lluvioso invierno. Así comienza la narración de Missak, novela escrita por Didier Daeninckx, periodista e intelectual francés, autor de una destacada obra adscrita al género negro y policial.

Prontamente Dragère es requerido por parte de las máximas autoridades del Partido Comunista Francés (PCF). Debido al impacto que les ha producido la redacción de un artículo de su autoría sobre una fábrica de productos químicos, el periodista parece ser el indicado para llevar adelante una reservada investigación sobre un grupo de combatientes de la Resistencia francesa contra la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

La misión de Dragère consiste en recabar la mayor cantidad de información acerca de este grupo y en especial sobre su líder, Missak Manouchian, con motivo de la pronta inauguración de una calle que servirá de homenaje a sus integrantes, partisanos en su mayoría inmigrantes que pertenecían a los FTP-MOI de París, los que fueron capturados, torturados, enjuiciados y ejecutados por el Tercer Reich debido a sus acciones de desestabilización calificadas por los nazis como «crímenes» de un grupo de terroristas extranjeros que atentaban contra la soberanía y el bienestar de una Francia paradójicamente sometida a las fuerzas militares alemanas.

Dragère será comisionado entonces por el Comité Central del PCF para asegurar que el homenaje al llamado Grupo Manouchian no despierte críticas o ataques indeseados de sus adversarios, liberándolo de sus obligaciones en el diario para dedicarse en exclusiva a la «investigación».

El periodista comienza entonces un recorrido por la historia, que busca reconstruir por medio de diversos testimonios los hechos que culminaron con el fusilamiento de Manouchian y sus hombres la mañana del 21 de febrero de 1944 en el Fuerte de Mont Valérien, a escasos seis meses de la liberación de París por parte de las fuerzas aliadas.

La vida de Missak Manouchian, proveniente de una familia campesina armenia, cuyo destino lo llevó a sobrevivir junto a su hermano al brutal genocidio perpetrado por Turquía durante la Primera Guerra Mundial, es reconstruida como un puzle que Dragère irá completando tras cada encuentro y conversación que va sosteniendo con distintos personajes, el primero de ellos, el poeta Louis Aragón, a quien el Partido le encarga un poema para homenajear a Manouchian, el que estará basado en el último testimonio escrito de Missak, una carta para su esposa Mélinée, donde reflexiona con profunda tristeza sobre su próximo destino, pidiéndole que después de su muerte busque la felicidad que dolorosamente no ha podido entregarle y que honre su memoria publicando sus poemas y escritos.

Nos encontramos ante la primera pista de la figura de Missak Manouchian, un hombre que ha sido «muerto por Francia» y señalado como un criminal por la propaganda nazi, los que preocupados de que los miembros del grupo fueran considerados héroes tras su muerte, redactaron imprimieron un afiche conocido como el «cartel rojo», donde exhibieron fotografías de los rostros de diez de ellos, ironizando sobre sus «hazañas criminales», y que lejos de conseguir el efecto deseado por los alemanes generó el repudio hacia los invasores y la simpatía del pueblo hacia los combatientes. Una parte de éste afiche original se reproduce en el diseño de la cubierta del libro editado por LOM ediciones y traducido del francés original por Miguel Carmona Tabja.

La emotiva carta de Manouchian a su mujer esconde detrás de unos puntos suspensivos el primer secreto con el que Dragère se encontrará, y que lo llevará a contrastar las distintas versiones, testimonios, incluso acusaciones que irá escuchando de los entrevistados, entre los que figuran desde amistades cercanas de Manouchian como la señora Aradian que permite conocer aspectos de su primera infancia; o un tejedor de apellido Hampartsoumian, cuyo hermano viajó en el mismo barco en que Melinée había dejado París; o Armene, su cuñada quien le relata episodios que revelan el quehacer social, político y amoroso de Missak, hasta personajes como los padres de un cantante novato que comienza a construir su leyenda en el escenario del Moulin Rouge, Charles Aznavour, cuyo origen armenio se cruza con la historia de Missak y de su esposa, el pintor Krikor Bédikian, o Charles Tillon, el antiguo jefe de los francotiradores y partisanos, entre muchos otros.

La novela, plagada de referencias históricas, nombres, fechas, calles, barrios, marcas de autos, objetos y personajes que salpican como el agua que hierve, exige una lectura atenta. Si no fuera por la excelente prosa con que está escrita, a ratos perderíamos la pista del recorrido por el que nos conduce el investigador.

El bullicio de los bares, los cafés, los restaurantes, el ajetreo de las estaciones de trenes, las sedes partidarias, las estaciones de policía, el silencio de la sala de cine, afición recurrente del protagonista, que cita desde Brando a Pedro Armendáriz, el ruido de los motores de los autos, de las motos, la bohemia de la noche parisina y el silencio de sus amaneceres, el frío, la lluvia, todo está al servicio de reconstruir dos tiempos que confluyen permanentemente: una ciudad ocupada y otra liberada once años después. La historia que se abre paso en cada lugar donde estalló una bomba, donde se produjo un asesinato en la lucha por la recuperación de la libertad, una memoria que reside los habitantes de ese París, algunos que tienen necesidad de contar para reivindicar, otros que prefieren callar y dejar atrás los recuerdos que producen dolor.

La historia personal de Dragère a medida que avanza la novela también se revela como una parte de la memoria colectiva, su propia madre juega un papel importante en los sucesos que marcaron las décadas pasadas. El periodista se confunde a ratos con un detective, al más puro estilo del noir, el que a veces pierde la paciencia, que exige conocer una verdad que al final no sabe si debe informar o guardar para sí. Desde el encuentro con el poeta Aragón y el descubrimiento de una parte omitida en la carta de Manouchian, las dudas van creciendo, la información se va acumulando en forma fragmentada, en momentos confusa, pero que lentamente va encajando. Así, la novela se desarrolla capítulo a capítulo, veinticuatro en total en poco más de 200 páginas, como el juego del «compra huevos», cada testimonio lleva a un nuevo actor que podría «informar mejor», «saber más» e incluso «corroborar» lo relatado, testimonios que a ratos le parecen inverosímiles y un poco difíciles de asimilar.

Su compañera, Odette, se encuentra al cuidado de su madre enferma en la localidad de Juvisy. Dragère se comunica con ella por medio del teléfono de la conserjería del edificio. Poco a poco el regreso de Odette se hace inminente y Dragère termina involucrándola en su investigación para evitar que la estricta reserva que ha guardado hasta entonces afecte su relación. Odette acompañará a Dragère en sus investigaciones y seguirá atentamente sus avances hasta que poco a poco la pareja retomará su vida habitual, la salud de la madre de Odette comenzará a recuperarse lentamente. Dragère entregará su informe y volverá a la redacción del L'Humanité a seguir con sus crónicas sobre las pandillas. Las aguas de los ríos volverán a la normalidad. París resistirá. Por las calles de la ciudad resuena la historia, la memoria se hace presente en el acto de homenaje de un grupo que luchó por el sueño de una Francia libre, de una patria que también les pertenecía. El mundo está en orden, como presagiaba Manouchian en su carta «el pueblo alemán y todos los otros pueblos» viven en paz.

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