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lector chiloe

 

Colaboración de Matías Paredes Zúñiga

 

Introducción

Poco exhaustivo ha sido el estudio dedicado a la literatura desde Chiloé, que más allá de algunas antologías que recogen el valor de su poesía (más apreciada que su narrativa, fuera de Francisco Coloane) no se halla con facilidad un estudio volcado a una obra o autor en particular, como lo fuera excepcionalmente, por ejemplo, la obra de Coloane, que primero tuvo que alabar la crítica francesa para que pudiese repercutir fuera de la frontera chilena, en Europa, o en el caso mínimo de la poesía de Antonio Bórquez Solar, merecidamente vilipendiada en la extraña cabida que Raúl Silva Castro le dio en su repaso de la poesía chilena (Retratos literarios, 1932), donde si algo he de traer a cuento sobre el retrato que de este primer poeta insular se hace, que Mario Contreras pone en su primera página cronológica de literatura chilota (100 años de literatura en Chiloé, 2014) y además pondera, para nuestro lamento por su verdad, como el fundador de la literatura chilota, si algo he de recordar entonces de aquel poeta es su calidad de pedregoso, de lo más pedregoso que ha producido Chile, un triste remedo de Rubén Darío en sus tantos años de mal cantor, y años tales que no pudieron enseñarle algo más que versar ruidosamente.

Ahora bien, como la narrativa chilota ha compuesto una prosa que pasa con más pena que gloria, tímidos destellos que bien pronto desvanece el olvido, fue mi intención sacar a luz uno de aquellos ejemplares que hacen debatirse entre quién padeció mayor abandono, si el libro en cuestión o su autor. La triste y a la vez fascinante lectura de esta obra, Vida Isleña, escrita por el ancuditano Darío Cavada en 1914, alecciona sobre la ingratitud del tiempo, el auténtico desinterés de sus futuras generaciones, haciendo vano el esfuerzo de un hombre por dejar su huella en el paso de los años, de haber querido fijar con su letra una noble y humana intención: su paso por esta tierra, y de haber deseado pintar la suya misma con un cuadro de costumbres a modo de nouvelle; observador impasible de las faenas tradicionales de su tiempo, quiso honrar el nombre de su terruño con una pieza de literatura que, si bien imperfecta, exuda el sentir de su gente, de una comunión de hombres y mujeres que, a su manera, sugiere la “Época dorada” tan aclamada por la literatura en su trance melancólico ya desde El Quijote. Un Chiloé de antaño con su gente todavía abismada en la modestia de su trabajo en el verde inmenso, en la mar escarpada, entre lluvia y lluvia, congregándose en la fiesta y lo báquico, cuando hace la canícula necesaria, si el cielo prodiga. De esto y algo más trata Vida Isleña, pinceladas generales, sin mucha ambición novelística, “ensayo literario” al decir de su autor, de una representación insular desde las vicisitudes de la familia Mella, cuya nominación no habrá de olvidarse en el curso de la lectura: mellados fueron sus personajes, y enfrentadas sus esperanzas con la desgracia, dolor insufrible; y aun su miseria material hace de su vida la prueba perpetua de lo divino, si de algo les ha de valer su fe profunda.    

Este breve análisis se propone pues dar cuenta del espíritu fatalista inscrito en la nouvelle Vida Isleña, de cómo esta conciencia del “valle de lágrimas” configura el estoico arraigo hacia la tierra, como el “hombre vegetal” de Oswald Spengler (La decadencia de Occidente, 1923), porque es forma de un mundo estable y posible, donde a través del trabajo y la fiesta podrán salvar sus días del hambre o el hastío.

 

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