Se vende humo, de Joaquín Escobar

lector se vende humo

 

Por Cristian Salgado Poehlmann

 

     En el cuento «Sé que viniste a mi casa con la intención de darme un beso y follarme, pero no lo voy a hacer, porque me bastaron dos piscolas para darme cuenta de que si lo hago te vas a enamorar», el protagonista, un joven que trabaja como telefonista en un centro de llamados donde los que llaman cuentan sus penas amorosas, lee de un crítico literario: «[Raymond Carver] describe lo extraño que se oculta tras lo banal». Al extrapolar esta idea a Se vende humo, primer libro de Joaquín Escobar (Santiago, 1986), una de las conclusiones a la que podría llegarse consiste en que la poética de este volumen se encuentra en las antípodas de la que se dice que Carver tiene. Dicho de otro modo, Escobar propone lo corriente que se evidencia tras lo fantástico. Esto sin miedo alguno ni aminoramientos, un arma de dos filos presente en buena parte de las piezas del libro, editado a todo esto por Narrativa Punto Aparte en marzo del presente año.

      A grandes rasgos, Se vende humo está compuesto a partir de tres ejes: 1) el del anecdotario, suerte de crónica universitaria, con fiestas, alumnas cachondas, profesores de presente lamentable y desilusiones amorosas, el caso del cuento que abre el libro, Se vende humo; 2) el de la ficcionalización a partir de un marco histórico determinado, la dictadura y posdictadura militar de Augusto Pinochet, espacio en el que se enfrentan personajes de ideas revolucionarias, principalmente armadas, con derechistas y desquiciados del tipo gerente de banco o funcionario de Colonia Dignidad, tonalidad patente, por ejemplo, en “Raimundo, el Bototo y la Pacheco”; y 3) el del género fantástico puro, rayano en los viajes psicodélicos que permiten drogas como el LSD, sección que a ratos recuerda libros como Acid House, de Irvine Welsh, pero sin el tufillo a heroína propio del otro continente, y que puede verse reflejada en «Aeropuertos y cuervos en lápiz grafito». A esto hay que agregar dos textos que quedan por así decirlo aislados de estos tres tonos: «Fue un ajusticiamiento» y «Diversos objetos que se desparraman por el fondo del mar». El primero aborda un crimen tras bambalinas en el mundo del fútbol; el segundo es más bien una enumeración intimista que persigue la forma del verso. De este último, «Las elucubraciones de la mente», de Eduardo Molina Ventura, podría resultar cercano. Entre otros, sus personajes son protoescritores que beben piscola, esnifan cocaína y visten pantalones cortos de Racing; gemelos que roban poleras de fútbol de colección, obsesionados con una que vistió el chileno Manuel Rojas en un partido entre escritores en Argentina; o especies de mujeres fatales con ideas tan clichés como izquierdosas, abordadas, claro está, desde el sarcasmo.

     Hay, además, tres hilos conductores que se deslizan a lo largo de esta publicación. Operan como cortina de fondo o música ambiental; a saber, la literatura (a ratos metaliteratura, a ratos nombres arrojados), el fútbol y la reutilización intratextual de personajes, con grados de transcendencia distintos, según el cuento. Este último recurso otorga al volumen una respiración y pulso propios, el efecto de volverse en sí mismo una entidad, la creación de un mundo autónomo, relato tras relato. El epígrafe del libro ayuda a reforzar esta idea. Aquí un fragmento: «Tal vez la tierra sea redonda sólo para evitar que la gente vaya hasta el borde del mundo y salte al vacío, para que no podamos escapar de ella». Tal es la médula de Se vende humo, lo que Escobar finalmente propone, su esencia, un libro que existe para deformar lo real y volver corriente esa transformación. Una tierra plana.

     Así, Se vende humo se deja leer como una obra que no busca estarse quieta, sino devenir constantemente, no quedarse callada, evitar las pausas. Escobar se muestra como un autor valiente, osado, de un arrojo casi adolescente, pues no parece asustarse con posibilidad narrativa alguna. En términos simples, lo suyo es ir de frente, sin detenimientos. A este respecto, y para los de más de treinta años, cuentos como «La ciudad subterránea donde el esplín fue fusilado», «Un laberinto sin coincidencias» y «Aeropuertos y cuervos en lápiz grafito» podrían asimilarse, en su linealidad narrativa, a videojuegos de plataformas clásicas, como Atari, Nintendo o las máquinas arcade, en los que los protagonistas, después de tomar un rumbo específico, no tienen la posibilidad de modificarlo. Hay una suerte de unidireccionalidad en estas historias.

     Algo que puede encontrarse en los primeros discos de muchos grupos musicales, es el carácter biográfico de estos, en el sentido que son registros de proyectos todavía en ciernes que se fueron forjando en la medida de los días, un espacio temporal no siempre determinable, sin lineamientos demasiado claros ni una selección tan exhaustiva del material que finalmente se decide incluir. Más de algún riff escrito por Dave Mustaine para el primer álbum de Megadeth fue compuesto cuando aún tenía parte en Metallica, a modo de ejemplo. Dicho de otro modo, todo es cancha, y nada o casi nada se excluye, una ansiedad por mostrar la totalidad de cuanto eres capaz. Se vende humo presenta, más allá de ser efectivamente una primera obra, una colindancia con esta premisa, y le juega en contra, pues la calidad del volumen se ve afectada por esta intención abarcadora. Surge entonces la pregunta de si no debió existir un trabajo más riguroso desde el punto de vista de la edición. La inclusión de un cuento como «El transformador» vuelve factible este cuestionamiento, un simple botón de muestra. Se echa en falta, también, una mayor guía por parte de la editora en la estructura de varios de los cuentos de Se vende humo, en especial en lo que respecta a los finales, así como también en la disposición de los mismos a lo largo del libro. Esto no porque exista un imperativo literario por seguir determinadas arquitecturas, sino porque en este caso, por más onirismo que contengan, las técnicas resolutivas se repiten en bloques de cuentos consecutivos. Más o menos, de la mitad en adelante. Con esto, Se vende humo corre el riesgo de volverse más lánguido de lo necesario, al menos en términos de lectura seguida. El cuerpo humano no solo se acostumbra a las drogas.

     No a los cánones de lo supuesto. Con Se vende humo, Escobar realiza una operación que merece la pena destacar, la de tomar partido, desligarse de las medias tintas, del espíritu de la escritura amarilla, del democratacristianismo literario. No obstante, de tanto sorprender, corre, a lo menos, un riesgo: saturar. Como el exceso de sal en un vaso con agua. O el fragmento que sigue de un poema de Carlos Henrickson: «la noche y/ el día que de ser tanto noche y/ tanto día, no existen, desaparecen». Aleluya a la dosificación.

 

 

Cristian Salgado Poehlmann (Santiago, 1982).

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