Se vende humo, de Joaquín Escobar

lector se vende humo

 

Por Cristian Salgado Poehlmann

 

     En el cuento «Sé que viniste a mi casa con la intención de darme un beso y follarme, pero no lo voy a hacer, porque me bastaron dos piscolas para darme cuenta de que si lo hago te vas a enamorar», el protagonista, un joven que trabaja como telefonista en un centro de llamados donde los que llaman cuentan sus penas amorosas, lee de un crítico literario: «[Raymond Carver] describe lo extraño que se oculta tras lo banal». Al extrapolar esta idea a Se vende humo, primer libro de Joaquín Escobar (Santiago, 1986), una de las conclusiones a la que podría llegarse consiste en que la poética de este volumen se encuentra en las antípodas de la que se dice que Carver tiene. Dicho de otro modo, Escobar propone lo corriente que se evidencia tras lo fantástico. Esto sin miedo alguno ni aminoramientos, un arma de dos filos presente en buena parte de las piezas del libro, editado a todo esto por Narrativa Punto Aparte en marzo del presente año.

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Sobre Alma, el último libro de Matías Correa

lector alma matias correa

 

Por Ricardo Elías

     La tercera novela de Matías Correa lleva por nombre Alma y en la portada aparecen dos monos peludos en blanco y negro. Monos tití, dirá el entendido en monos inequívocamente, y sabrá que en los 90 se vendían como mascotas en el Pueblito de los Domínicos, antes de que el SAG y otras organizaciones prohibieran su comercialización. Hago este comentario para que el lector no piense que, por el nombre, en la tapa hallará un fantasma, un halo blancuzco, o algo más almático que un mono tití. La novela no trata de monos, por si acaso, o sí, pero tangencialmente. Tangencialmente también trata de una niña llamada Alma que es nombrada en una o dos ocasiones en la trama, pero que no aparece como personaje en ninguna de ellas.

     La historia se articula alrededor de la familia Lorca, o mejor dicho alrededor de Gerardo Lorca (el increíble doctor Lorca) y su familia. Los Lorca son una familia de clase media de Peñalolén: el padre es pintor y sufre una enfermedad a la memoria, un pre Alzheimer (enfermedad de la que el autor ya hablara en Geografía de lo inútil, su primera novela). Gerardo, el hijo mayor, es mago. Ene, su hermana, su colaboradora leal, y Martín, el menor, es un científico que trabaja con los monos tití de la tapa en un laboratorio en Londres. Además está la tal Vivi, la madre, el personaje menos relevante de la historia.

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Mis tecitos con Mariana Callejas

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Por Ricardo Elías.

     Debe haber sido por allá por el año 2009 cuando me desempeñaba como asistente de producción de un modesto programa para la televisión por cable. El conductor paseaba con escritores por diversos puntos de Santiago y a mí me tocaba la tarea de contactarlos. Recuerdo perfectamente la impresión que tuve al ver, en la nómina de posibles entrevistados, el nombre de Mariana Callejas. Estaba apuntado después de Álvaro Bisama y antes de Erick Pohlhammer. Mariana Callejas, la escritora maldita, citada en montonera de libros, series y películas y cuyo nombre, más para mal que para bien, era pronunciado incansablemente por los máximos referentes de la literatura chilena actual.

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Bruno Lloret: “Escribo rápido y a la pasada, como un paisaje de carretera”

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Por Cristian Salgado Poehlmann

 

- Sobre Nancy: ¿se trató de una escritura pausada, estratégica, o más bien de un proceso vertiginoso?

Nancy, como voz, empezó mucho antes de escribir la novela. Era un personaje marginal de unos diarios de puerto que escribí hace tiempo. Ahí la mencionaba desde su cáncer. Una viuda que arrastra las bolsas de la feria, a la que nadie quiere hablar por lo incómodo de saber que está muriendo. La novela empezó un par de años después, en diciembre. Estaba escribiendo otro texto, al que le tenía más fe, así que durante ese verano me dediqué a escribir la parte gruesa de Nancy tirando escenas, trabajando sin una idea tan clara de cómo iba a terminar o hacia dónde iba, muy al voleo. Se podría decir que durante ese período escribí los bloques básicos. El desarrollo y cómo fue cambiando dependió de los tiempos disponibles durante el año y los comentarios de amigos que leen mis cosas. El resto del año se trató más que nada de darle vueltas, sacar partes, detenerme y desarrollar otras, sin mucha altura de miras. El verano siguiente, y hasta entrada la primavera, pude pulir y ver el aspecto más colectivo: la edición, lo gráfico. Ahí surgió la idea de la estructura final del libro; se asentó, podríamos decir, como las tortas. Tuvo todas las velocidades. De hecho, la novela iba con una suerte de prólogo en donde había un escritor fantasma que explicaba cómo transcribía los delirios de Nancy. Un amigo de la gorda Isidora. Al final sobraba esa explicación, verosimilización, porque la misma voz iba guiando todo. No hacía falta teniendo el texto escrito.

 

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